La felicidad es redonda

O eso piensa Andrés Lima, director de Falstaff, obra que adapta el Enrique IV de Shakespeare (primera y segunda parte, y toma ideas de otras obras en las que aparece el más grande de los bohemios) y se representa hasta el 1 de mayo en el Teatro Valle Inclán de Madrid.

Catorce actores, encabezados por un gran Pedro Casablanc (habitual compañero de viaje de Lima), toman el escenario para representar esta irregular tragicomedia, cuya duración pesa en exceso a pesar del innegable sentido del espectáculo de su director.

Tampoco se puede negar el atractivo y la vigencia del personaje ideado por el bardo de Stratford-upon-Avon, “ese baúl de fluídos, ese barril de bestialidad, ese hinchado costal de hidropesía, ese enorme pellejo de vino, ese fardo cargado de tripas” que encarna una sincera sabiduría vital,  inspiradora de óperas, novelas, películas…

Orson Welles, otro gordo desmesurado y enamorado de este tierno vividor, le dedicó  “Campanadas a medianoche”, reivindicable título que rodó en tierras españolas en la década de los 60.

Welles se transforma en Falstaff para los espetadores de tv.

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