Familia nº 23

Nevaba. Le rodeaban personas que no había visto nunca. Una mujer de apenas cuarenta años, rubia, delgada, hermosa, triste. Le miraba. También dos niñas. Tras un rápido cálculo, asignó doce años a la mayor, cinco a la menor. Ambas eran rubias.

-¿No vas a comer?

La pregunta le hizo reparar en un plato de carne guisada y puré de patata.

Las niñas no apartaban sus ojos de él. Cortó un pedazo de carne y se lo introdujo en la boca. Las mujeres dejaron de mirarle y se concentraron en la comida.

Al término de la cena hizo una pila con los platos sucios que cubrían la mesa. Las niñas le miraban extrañadas.

-¿Qué haces?

La mujer regresó de la cocina. Por primera vez se fijó en cómo iba vestida. Llevaba un jersey con renos bordados y pantalones vaqueros.

-Papá quiere recoger la mesa.

La mujer le miró sin entender.

– La niña recoge hoy la mesa.

Distribuyó por la mesa los platos que acababa de amontonar. Atravesó la puerta que conducía al salón.

No hubo cambios.

Se sirvió un whisky.

Se sentó en un viejo sillón de piel.

Siempre estaba cansado después de cambiar.

Pensaba que tal vez sería agradable quedarse una temporada. Inventaría cualquier excusa para no tener que salir a la calle.

Desde la cocina, el zumbido del lavavajillas. Se quedó dormido mirando las luces del árbol.

Cuando despertó, la casa estaba a oscuras. Salió del salón, olvidándose de la puerta que cruzaba.

No importó. Tampoco hubo cambios.

Subió las escaleras y caminó por el pasillo superior, cauto. Encontró un cuarto de baño. Entró, sin alteraciones, y cerró la puerta.

Encendió la luz.

Se enfrentó a su nueva cara. No había sentido curiosidad, la iba perdiendo con cada cambio.

Por primera vez tenía los ojos azules. Algo en esos ojos que le hizo sentirse incómodo. Le enseñó los dientes al espejo. Aunque empezaba a clarearle el pelo, era un hombre guapo.

Eligió el cepillo azul y se lavó los dientes.

Localizó la habitación donde estaba acostada la mujer. Entró sin despertarla.

No hubo cambios.

Se sentó en el lado vacío de la cama y observó a la mujer. Tenía un cuerpo bonito, delgado. Se acostó junto a ella y comenzó a acariciar su pierna. La mujer se despertó y habló sin abandonar su posición. Ni siquiera abrió los ojos.

-¿Qué haces?

Dejó de acariciarla y permaneció unos segundos sin hacer nada. Luego comenzó a besar su cuello. Ella se giró y sus bocas quedaron muy cerca. La mujer había abierto los ojos.

-Mañana tienes que ir a trabajar.

-Mañana no trabajo, es Navidad.

La mujer iba a decir algo más, pero él comenzó a besar sus labios. Ella se retiró.

-Yo sí trabajo, y no puedo llegar tarde.

Volvió a besarla, tocándola bajo la camiseta. Esta vez no se retiró.

Despertó solo. Las sábanas estaban en el suelo, junto a las bragas y la camiseta interior de la mujer. Se sentó al borde de la cama. Sin duda, era una buena casa para quedarse si las puertas se lo permitían.

Todavía no conocía la lógica que seguían las puertas. Algunas le hacían cambiar. Otras no. A veces, una puerta que antes le había ignorado le conducía muy lejos de donde se encontraba.

Despertó solo. Localizó una bata sobre la silla, junto a su ropa doblada. Mientras se la colocaba, una tabla del suelo crujió bajo su pie. Estaba suelta.

Se agachó para ajustarla. Al levantar la tabla, descubrió que ocultaba un objeto.

Introdujo la mano en el hueco y sacó una pequeña bolsa de plástico, opaca, gris. La abrió y extrajo una llave magnética. Era como las que abren las cajas de seguridad, aunque nunca había visto una tan pequeña.

Metió la llave en el bolsillo derecho de la bata y bajó a la cocina.

Vio los regalos seguían intactos bajo el árbol y pensó que las niñas seguirían dormidas.

Mientras se bebía un café sacó la llave y volvió a estudiarla. Tenía las superficies pulidas y ningún rastro de un número de serie o el nombre del fabricante.

Revisó su nuevo dormitorio, el de las niñas, el salón, un pequeño cuarto de estar, la cocina, los cuartos de baño. Buscó meticulosamente. No encontró nada que la llave pudiera abrir.

De vuelta a la cocina reparó en una puerta que no había visto antes. Estaba bajo las escaleras que subían a la primera planta. Giró el pomo y encontró unos peldaños que bajaban a una habitación sin luz. No tuvo dificultades en localizar un sensor que le permitió iluminar la escalera y el sótano.

Dos bicicletas para adultos, dos infantiles, cilindros combustibles perfectamente amontonados, una mesa de glow hockey, dos raquetas y varias cajas metálicas cubiertas de polvo.

Abrió una de las cajas y tropezó con los platos de una vajilla usada. Decidió olvidarse del resto. Comenzó a retirar cilindros combustibles de la estudiada estructura que componían. Al alcanzar la tercera hilera, asomó un marco metálico. En menos de dos minutos había acabado la tarea, dejando al descubierto una puerta de metal de apenas cincuenta centímetros de alto por treinta de ancho. Posó la llave sobre su superficie, que se abrió tras emitir un zumbido casi inaudible. Metió su mano en la pequeña cavidad y tropezó con un envoltorio de idéntico material al que cubría la llave. Lo arrastró hacia él.

Rompió el sello de la bolsa y un líquido espeso manchó sus dedos.

Escuchó como alguien bajaba las escaleras. Eran sus hijas. La mayor, que llevaba una muñeca nueva en la mano derecha, interrumpió una frase al ver a su padre junto a la bolsa desprecintada.

Esperó la llegada de la policía sentado en el viejo sillón del salón. Su mujer y sus hijas sentadas en la acera, al otro lado de la calle.

Llamaron a la puerta.

Abandonó el sillón para abrir, y se encontró con una pareja de policías.

-Está en el sótano.

Uno de los policías se dirigió hacia las escaleras, mientras el otro oficial le inmovilizaba las manos. El hombre esbozó una sonrisa al ver que se disponían a cruzar la puerta de entrada.

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